Adi y Mu Pequeño
Desde su graduación de la Universidad de Indonesia, Adi quería perseguir una carrera en comercio internacional. Más que nunca, soñaba contribuir al desarrollo de su país, como sus padres lo habían logrado cuando Adi todavía era pequeño. Los consideraba como modelos ejemplares de la clase trabajadora, cuyos esfuerzos y determinación les llevaron a establecerse en el prestigioso ámbito de comerciantes en Jakarta. A lo largo de los años, habían tenido ilustres posiciones en algunas compañías en Indonesia. “Por Indonesia, para Indonesia” solía declarar su madre durante las cenas. Todas las noches preparaba comida tradicional de Java para su familia. Mientras que gozaba de arroz frito, sate de cabro con tempeh y salsa picante, Adi escuchaba atentamente las anécdotas de la vida profesional de sus papás. Ellos se las compartían como si fueran cuentos legendarios o historias fantásticas para niños. Disfrutándolas, Adi se sentía increíblemente orgulloso de sus numerosos éxitos. Le inspiraron a seguir los pasos donde habían sido pioneros sus padres.
En su segundo año en la universidad, Adi ya sabía donde quería trabajar en el futuro: la compañía de consultoría de gestión, la más prestigiosa en Indonesia, en el departamento de ventas donde podría agudizar sus habilidades en negocios. Lo solicitó pronto después de su graduación, y ni siquiera pasaron tres días cuando recibió una llamada por teléfono, le confirmándole una primera entrevista. Aquella oportunidad era real. La consideraba tan importante que compró compulsivamente un nuevo despertador con el fin de llegar a tiempo, cueste lo que cueste.
Once semanas y dos días antes de aquella fecha importante, un trabajador en el sur de China se despertó a las cinco y media de la madrugada en su dormitorio. Lo compartía con cinco compañeros, todos trabajando en el mismo departamento en una enorme fábrica electrónica que empleaba gran parte de la población a su alrededor. Yang Mu, llamado Mu Pequeño por sus amigos debido a su talla baja, se levantó con un dolor inconfundible en la cabeza. No era el alcohol ofrecido por sus amigos en la noche anterior; lo rechazó, habiendo preferido pasar una noche tranquila antes de un día lleno de trabajo duro. Pero en la mañana se desarrolló una congestión de sinus, gradual como la llegada del embotellamiento en la autopista durante la hora pico. Apareció una fiebre en su frente, irrandiandola, con un ardor marcado y sostenido.
—¡¿Coño, quién iba a creer que acostarme más temprano me llevaría a un resfriado?!
Desanimado, se dirigió a la fábrica, a pocos cientos de metros de su dormitorio.
De lunes a sábado, de las siete a las siete, tenía que quedarse de pie frente a una línea de montaje donde era ordenado agregar una pieza a cada dispositivo, desfilando en su dirección en una procesión interminable. La fábrica la detenían sola una vez al día, durante el almuerzo por una media hora. Mu Pequeño solo entonces podía aliviarse por un rato antes de reanudar su tormento poco envidiable de trabajar enfermo. Al entrar, llevaba una máscara como todos los otros trabajadores, y puso manos a la obra, tratando de no pensar en nada, que perdura hasta el fin de la jornada. Después de un par de horas, se sintió de más en más vulnerable, y una sensación incómoda le cosquillo la nariz. No obstante, su prodigiosa concentración le permitió enfocarse únicamente en cada dispositivo que vino para solicitar su pieza. Pocos minutos antes del anuncio del almuerzo, observaba el siguiente dispositivo con la pieza en su mano e intentaba instalarlo, cuando estornudó y lo golpeó violentamente. Mirando la pieza que llevaba en su mano, observó que la había roto con su gesto desganado. Desmoralizado por su error, hubo que restablecerse rápidamente antes de la llegada de otro dispositivo en desfile. Se reanimó y siguió trabajando con completa precisión. Al final, el resto de despertadores quedaron perfectos. Mu Pequeño constató que un solo error en ese día no constituía nada grave.
En la mañana de la entrevista, Adi se precipitó de la estación de metro a la oficina a toda velocidad. Una enorme ola de penumbra que amenazaba el comienzo de su ilustre futura carrera le persiguió en su trasero. Nunca había sentido tanto ánimo de correr en toda su vida. Sus pasos no fueron limitados por su cuerpo atlético, sino por el traje formal que vestía para su entrevista, una mezcla delicada de algodón y poliéster. Así que intentaba mantener un equilibrio precario entre correr rápidamente sin rasgarlo. Se encontró furioso consigo mismo por haber comprado un nuevo despertador sin probarlo de antemano, como si el antiguo no funcionase. Mientras trataba de romper el continuo espacio-tiempo con sus pasos frenéticos, miraba a su reloj con frecuencia. Eventualmente, cayó en la cuenta de que no tenía ninguna esperanza de llegar a la entrevista a tiempo, ni siquiera obtener la posición en aquella empresa. Consideró por un momento las consecuencias de una llegada tardía, comparándolas con una ausencia bajo pretexto inventado. Adi concluyó que la mejor opción era llamar a la oficina e informar que no podría presentarse por culpa de una urgencia imprevisible. Sin embargo, la competitividad para aquella posición no le habría ofrecido una segunda oportunidad de entrevista. Lo sabía, como sabía que la comida de su mamá era la más deliciosa en Indonesia. El muchacho empapado de sudor en este clima tropical de Asia del sur este se detuvo en su pasos, dejó su maleta al suelo, extendió los brazos a los lados, y levantó la mirada hacia el cielo antes de cerrar los ojos, que le pudiese conceder su derrota con paz. La ola de penumbra que lo perseguía desde su salida de casa lo alcanzó salpicándolo y sumergiéndolo completamente en la inminente mediocridad de su carrera.
El resfriado de Mu Pequeño no era un caso sencillo que hubiera podido remediarse después de pocos días de descanso. A lo largo de cinco días, fue remitido al hospital más cercano de la fábrica por sus compañeros. Una neumonía había empezado a invadir ambos pulmones con una ataque intransigente a su respiración. Se lo robaba de más en más durante la batalla, hasta que la remisión al hospital no era tanto una precaución como una necesidad para su supervivencia. El diagnóstico de neumonía les asustó a Mu Pequeño y a su madre, que hizo el largo trayecto de cuarenta y siete kilómetros desde su apartamento, y estaba al lado de su hijo cuando la médica se lo compartió. La primera reacción de su mamá fue negarlo y solicitar a la médica que lo revisará inmediatamente.
—La verdad es que no se empeorará si su hijo descansa y toma los medicamentos que le prescribo —consoló la médica, que en apariencia se había graduado de la escuela de medicina hacía un día. Si no fuera joven, la madre de Mu Pequeño la hubiera creído completamente, pero su firme sesgo hacia la edad la llenó de duda.
—Doctor —empezó Mu Pequeño—, ¿cuánto tiempo durará mi recuperación?
—Tal vez, dos o tres semanas — fue la respuesta, expresada factualmente.
Al oirla, se sintió deprimido. Dos o tres semanas sin trabajar, languidecerá en la ociosidad sin hacer dinero que necesita su mamá para el alquiler, y su hermana para las cuotas escolares. Cada día para ganárselo era más importante que el día anterior. Acostado en la cama en un cuarto solitario con el fin de impedir la infección a otros pacientes, su depresión apagó la luz, hundiéndolos en una oscuridad total que ni siquiera el sol hubiera podido iluminar.
—No te preocupes del trabajo —dijo su mamá, mientras que lo miraba, tratando de leer su cara a través de las tinieblas—. Lo importante es recuperarse. Enfócate en tu descanso, el resto te lo cuidaré. Fíjate en el presente, nada más.
Durante los siguientes días, Mu Pequeño navegó las cimas y valles de la enfermedad. Una vez, la muerte se le acercó cuando su ánimo atenuó y comprometió su defensa inmunológica, pero pudo expulsarla. Los días se volvieron en semanas, y poco a poco encontró de nuevo su energía. Pensamientos de su mamá y hermana le daban el impulso de volver a su rutina diaria. Al final, después de su salida del hospital, empezó a trabajar, pero como repartidor de comida en motocicleta. La había prestado del vecino de su madre que ya no la necesitaba. Su nuevo rol le dejaba aprovechar de unos pocos minutos de tiempo libre entre entregas para dedicarse a la lectura, nuevo pasatiempo que por sorpresa le encantó. Empezando con obras de ficción, se dio cuenta de los beneficios de leer sobre comercio y negocios. Quizás podría abrir su propia tienda con su mamá pocos años después. Con el tiempo, se amplió su conocimiento en una variedad de asuntos, conceptos, y teorías. Una noche, cenó con su madre y el amigo de su madre de la misma edad, gerente de un equipo de construcción que fue testigo de su profundo conocimiento e inteligencia. A pesar de no tener ninguna educación formal más allá del secundario, le impresionó tanto que se formó entre ambos muchachos una amistad que duraría muchos años, y que llevo Mu Pequeño a una rara oportunidad para trabajar en el equipo de construcción con un sueldo definitivamente más alto que el de su rol como repartidor. Su punto de partida en el equipo era de trabajador, que eventualmente le llevó a una posición de gerente de otro equipo en la misma empresa de construcción. Tres años después de haber empezado a trabajar en aquella empresa, y cinco años después de su salida del hospital, tuvo su primera oportunidad para salir de China. Varios equipos en su grupo habían sido mandados a viajar a Asia del sur este para un gran proyecto de infraestructura. Entonces, Mu Pequeño, que nunca había considerado la posibilidad de viajar al extranjero, partió con su equipo como algunos otros equipos de construcción de camino a Indonesia.
Era su primera vez en un avión. Disfrutó de la adrenalina que surgió en sus venas cuando la maquina despegó, y luego gozó la comida casi occidental durante el vuelo, a parte de un pastel amarillo que en apariencia no le gustó, y que le ofreció al pasajero sentado a su derecha. Cuando estaba en la cama del hospital, años atrás, algunos años en el pasado, la penumbra de su estado sumergiéndolo en oscuridad total, lo que su madre le había obligado siempre se aplicaba de nuevo, en cualquier desafío.
Cinco años después de la desgracia cuando iba camino a la entrevista, Adi contemplaba el trayecto de su vida que siguió desenredandose hasta el día de hoy. Pasaron unas semanas antes de tomar una nueva entrevista laboral, desafortunadamente, era la segunda compañía de consultoría en Indonesia. Sentía que no había iniciado su carrera con buen pie, con una frustración palpable que no lo quitaba. Así se dio cuenta sin embargo de que aquella frustración constituía una fuente poderosa de motivación, pujante e intransigente. Le permitió trabajar duro, más duro que todos sus compañeros en la oficina donde tenía la posición básica en ventas. A lo largo de un año, recibió su primera promoción como gerente de un equipo de cuatro empleados. Un día escuchó la noticia de un escándalo en la compañía donde deseaba su primer trabajo y donde se perdió su entrevista de manera espectacular en la calles del centro de Jakarta meses antes. En aquel escándalo le robaron el empleo a muchas personas, incluso a todo el equipo de ventas al que apuntaba Adi. Gracias a su posición intacta en la compañía de consultoría, la segunda más prestigiosa del país, consiguió una superación notable de capacidad de negocio, y eventualmente obtuvo una oportunidad para encargarse con una cartera de grandes clientes, que sus colegas solo podrían imaginar en sus sueños.
Así que después de gestionar la gran cartera por unos meses, el itinerario de su viaje profesional le llevó al final al destino de la compañía de consultoría más prestigiosa de Indonesia, en una posición decididamente más alta que lo que hubiera obtenido si su nuevo despertador hubiese funcionado. Le permitía viajar al extranjero regularmente, donde el intrépido carrerista podía enriquecer su conocimiento y ampliar su perspectiva sobre culturas diferentes en Asia. A través de su aventura de los últimos cinco años, sus padres nunca le expresaron nada a parte de su suprema confianza en él. Era lo único necesario. Adi contemplaba todo con una sonrisa sutil en la boca, terminando el último plato de su almuerzo en un vuelo de camino a Jakarta. El pasajero a su izquierda le toco en el hombro, un pastel amarillo en la mano. Mirándolo, Adi cayó en la cuenta de la imposibilidad de un trayecto ideal. Lo aceptó.
Daniel Sumarto, Diciembre 2025
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