Barry

Lo encontré por primera vez en mi segundo día de trabajo en la cafetería. Era el único compañero fuera de nuestro grupo etario, que por la mayoría constituía estudiantes de la universidad. Una carrera entera en el ámbito de hospitalidad, pensaba al observarlo. Décadas de modesto servicio, siempre a la merced de las pedidas de los clientes, sirviéndoles con una sonrisa que nunca quitaba su cara arrugada con piel de cuero, desgastada por años expuesto bajo el sol. Barry llegaba quince minutos temprano, y quitaba quince minutos tarde. Emprendía su rol de barrista con una dedicación inquebrantable, como si una minúscula error hubiese podido le robar su indispensable sustento.

-¿De donde proviene su energía? - le pregunté una mañana.
-De ustedes.

Yo pasaba tres días a la semana en aquella cafetería: un modesto negocio que empleaba alrededor de doce trabajadores, cada uno compartiendo la mayor parte de su tiempo en parejas. En poco tiempo me dí cuenta de que el sueldo de barrista no tenía nada que ver con el lujo. Sabíamos todos que pasaremos tarde o temprano por la puerta de salida hacia un empleo más profitable, cualificado por el pedazo de papel, aquel billete a la libertad que esperábamos reclamar en nuestra graduación. Todos salvo Barry, que parecía como el único preso a vida de la cafetería, le perteneciendo como las sillas y las mesas puestas por los clientes, y como las pinturas de diversos paisajes colgadas por siempre a las paredes.

-¿Cuántos años ha trabajado aquí?
-Muchos años.
-¿Y antes?
-Otro trabajo.

Se quedaba solo durante sus pausas, sentado frente a la pequeña mesa en el rincón, leyendo uno o otro libro mientras disfrutaba de una taza de café preparada por si mismo. Aunque nosotros jóvenes aprovechábamos de nuestros pocos minutos de respiro afuera de la cafetería, un cigarrillo en la boca e ideas irreverentes en la mente, Barry lograba terminar la lectura de obra tras obra.

-Ya acabé una nueva novela, -me dijo una tarde después de servir un capuccino grande a un cliente.
-¿Me la recomendaría?
-Tal vez cuando termines tus estudios. Si no, cuando te jubiles.

Como a muchos de mis amigos, me gustaba la lectura, pero en realidad la lectura obligatoria de libros de texto de la universidad eran los únicos que agarraban mi tiempo. Influido por un capítulo que acompañaba una conferencia reciente en mi clase de psicología, me atrevía teorizar que cualquier impresión de Barry era una proyección de mis propias inquietudes. A veces me imaginaba sentado en el mismo rincón, aquel libro en mis manos, mi pelo blanco, la espalda curvada, el espíritu vencido. Veía en Barry un recordatorio de seguir estudiando. Sin embargo, no podía ignorar su agraciada y elegante disposición que nunca veía en otros. Cuando sonreía y servía a la gente, ya sea al comienzo o al fin del día, no observaba ningún rastro de frustración, ni siquiera de cansancio. Era realmente feliz en aquellos momentos. Conversaba alegremente con algunos clientes habituales con quien les gustaba compartir las vicisitudes del diario. Tal vez le veían en Barry un compañero que les ofrecía una pausa temporal con su atenta escucha.

-¿Cómo puede mantener su sonrisa todo el día?
-Los clientes. Me la extraen.

Llevaba ropa modesta, tal como nosotros otros barristas. Sus zapatillas hubieran podido ser compradas muchos años atrás en una tienda de segunda mano, y su chaqueta demostraba no más que una básica funcionalidad de abrigarse contra el viento y el frío. Cuando traía tazas de café a clientes sentadas en las mesas, se las ponía tan cuidadosamente e inclinaba la cabeza con tan dignidad que lo hubiese creído dirigiéndose a miembros de la realeza. Solo después de acabar su día, yo era testigo de algo de diferente en sus ojos, y solo cuando él no se daba cuenta de que nadie lo estaba observando. No parecía ser cansancio. Yo suponía que era la realidad de un camino inacabable, sin giros, que se extendía hacia la infinidad; la realización que, a pesar de su placer de servir el café y de platicar con los clientes y compañeros, no alcanzará su potencial. A pesar de un sendero solitario, su sonrisa y sus chistes volvieron invariablemente al día siguiente, como si la melancolía que lo aferraba nunca hubiese existido.

-Me voy a casa, aquel palacio de diez habitaciones con un atreo adornado de mármol del Norte de Italia
-¿De veras? ¿Sería la misma fuente de mármol de David de Michelangelo?
-No, aún en la misma región.

La cafetería estaba ubicada en un viejo barrio industrial. En el lado derecho de su entrada, una puerta de garaje se convertía en una pared durante el invierno. La abríamos a los clientes en la tarde durante el verano, permitiendo una brisa refrescante alcanzar hasta el fondo de aquella sección larga y alta de la vieja fábrica convertida. El sol, fuente principal de luz, iluminaba poco la sala que siempre estaba sumergida en un ambiente acogedor. Un antiguo piano vertical metido a unos metros del mostrador atraía a cualquiera con la osadía a demostrar sus habilidades musicales. Me habría atrevido una noche a tratar de tocar una pieza de Chopin que me gustaba tocar en la casa de mis padres, si Barry no nos hubiera asombrado primero con su deslumbrante interpretación de Blue in Green; una improvisación casi profesional que incitó aplausos entusiastas por todos. Demostrando la misma humildad con la que servía a los clientes, se inclinó a sus espectadores, tímido, antes de regresar a su rincón donde le esperaba su libro, boca abajo sobre la mesa con el fin de preservar la página.

Una tarde durante mi pausa, lo ví afuera al lado de la calle, platicando con un hombre que nunca había visto. No presté atención a las palabras, pero observé cómo ambos se conversaban semejante a dos compañeros que se conocieron por siempre, con cuentos familiares y carcajadas desinhibidas. Eran de la misma edad. El presunto amigo le ofreció a Barry un cigarrillo que rechazó cortésmente. Lo escuché mencionar que había quitado el tabaco desde hace nueve años. Indiscreta, me enfoqué clandestinamente en la conversación, fingiendo preocuparme con algo en mi móvil.

-¿Quieres ir al bar a la esquina? Preparan un old fashion muy lindo.
-Gracias, pero ya quité el alcohol también.
-Dios mío, Barry, eres limpio como un querubín.
-Cuya apariencia angélica yo no comparto, lastimamente.

Se dieron las gracias, y se fueron; el amigo hacia su Jaguar, y Barry hacia la parada de autobús. En ese momento, ví la melancolía regresar a sus ojos.

Aquella noche, pensaba en mi propia trayectoria. Me preguntaba cuál sería la distancia entre mis amigos y yo si camináramos en direcciones diferentes. Siguiéramos en ángulos cuya diferencia sería casi indistinguible al comienzo, pero al correr de los años revelaran un abismo impassable entre el éxito y el fracaso. Antes de conciliar mi sueño, me prometí tomar el sendero del amigo de Barry. Yo nunca padecería la demoledora captividad de la pobreza. Sería libre de trabajar dondequiera, de vivir en una casa de cualquier tamaño, de tocar un piano en cola en mi sala de estar, sin la preocupación que la mayoría de la gente suele enfrentar cuando abren su billetera.

Me atreví un día a inquirir a mi gerente como Barry iba a trabajar en nuestra cafetería, y ella me relató lo que le contó otro barrista, ya renunciado desde hacía mucho tiempo. Antes de solicitar una posición, Barry pasaba las mañanas del Sábado en el mismo rincón, leyendo solo. Lo hizo por muchos meses, hasta el momento inesperado en el que cerró su libro, trajo su taza de té vacía al contenedor para platos usados, y rompió el ritual de su salida, dirigiéndose al gerente de aquella época con una expresión de convicción total.

-Me gustaría servir a las personas.

Le dieron una entrevista no planificada, y le ofrecieron una posición por dos días a la semana. Era una frecuencia que, a medida de demostrar su entusiasmo al servir a los clientes, fue aumentada hasta cinco días. Durante todo mi tiempo trabajando con Barry, observaba como se deslizaba de una corta conversación a otra con la agilidad de una ardilla que brinca de rama a rama. Nadie se sentía interrumpido. A veces, yo reflexionaba como su situación me alentaba a perseguir mis estudios, mientras que su presencia me inspiraba a refinar mis interacciones con los clientes. Y a pesar de mi tendencia de juvenil impudente que se desvelaba de vez en cuando, apreciaba su espíritu cultivado cuando leía obras clásicas en su rincón favorito.

Ví uno de sus libros, olvidado por encima de la pequeña mesa. Era de tarde, y me preparaba cerrar la tienda dos horas después de que Barry había terminado su turno. Al buscar su dirección en los archivos de empleados, caí en la cuenta de que vivía en camino a mi casa. Entonces decidí entregárselo. Mi inquietud de ser abrumado de piedad al ver su hogar modesto fue de repente reemplazado por una estupefacción que jamás he encontrado después. Un vasto terreno de jardines perfectamente curados rodeaba un palacio blanco que se presentaba como un castillo francés modernizado para nuestro siglo. Al abrirme la puerta, Barry se asustó, pero con una aptitud inolvidable, recuperó repentinamente su grácil disposición. La entrada reveló un enorme atrio cuyo piso de mármol reflejaba la luz de una candelabra que hubiese necesitado décadas de sueldo en la cafetería. Examiné por un momento un retrato de Barry colgado en la pared directamente a mi derecha, que estimaba era de diez años atrás. Estaba de pie en la proa de un yate, a pleno sol, con una mujer de su edad a su lado además de tres jóvenes en sus veinte años: dos mujeres y un hombre. Le dí a Barry su libro, y con la sonrisa que siempre proyectaba a todos, me dio gracias y me mencionó que justamente quería terminarlo aquella noche. Me invitó a sentarme por un rato en la sala de estar, no menos expansiva que el atrio que me dejó sin aliento, y donde un piano de cola estaba instalado al centro bajo una lámpara empotrada en el techo. Cuando me sirvió una taza de té de jengibre, no pude contener mi asombro.

-Usted trabaja en la cafetería, pero vive aquí.
-Amigo, lo que hago todos los días no es para mi un trabajo.

Sintiendo que llegué a un tema que le perturbaba un poco, traté de controlar mi curiosidad, pero quise saber un poco más. Me atreví a buscar el estrecho espacio entre la discreción y mi satisfacción.

-¿Es su familia la que está en el retrato?
-Si, mi esposa y mis tres hijos.
-¿Dónde estan?
-No sé, me quitaron unas semanas después que fuimos fotografiados.

Tomamos un sorbo al mismo tiempo. Barry alzó la mirada hacia el techo alto de la sala de estar, a todo el espacio a su izquierda y a su derecha, contemplándose sin expresión.

-De no haber entendido nada por muchos años, merezco una gran casa vacía. Me mudaría, si tuviera la energía.

El silencio nos envolvía por un rato. Sin siquiera pedir permiso, me levanté y me senté en el banco de piano para maravillarme con sus teclas que alumbraban en la luz suave y cálida de la sala de estar. La tapa del piano levantada revelaba las filas de cuerdas meticulosamente instaladas al dentro de su cavernoso marco. Alcé la mirada hacia el rostro de perfil de mi anfitrión para buscar cualquier señal de desaprobación. Se quedaba sin expresión, tomando otro sorbo de su té. Empecé entonces Opus Diez, Número Tres de Chopin.


Daniel Sumarto, Julio 2026

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