La metrópoli

Me mudé a la metrópoli seis meses antes de una tormenta que, tanto en barrios periféricos como en el centro, llevó el agua sucia hasta la cintura y convirtió los coches estacionados en barcos improvisados. A los veinte años, tomé la decisión de huir de mi pueblito. No tenía una educación formal, pero desde mi infancia, mis habilidades autodidactas me llevaban a devorar cualquier libro que podía procurar.  Enciclopedias y novelas describiendo el mundo de la ciudad me inspiraron a buscar una mejor existencia, algo que el campo nunca ofrecía y que jamás me habría dado si me hubiera quedado allí. Una simple dirección, un trayecto hacia mi potencial, era lo que deseaba perseguir. Sin educación formal, ni siquiera el apoyo de los miembros de mi familia, me encargué de ahorrar todo el dinero posible, y al correr de unos meses, y llevando dos mochilas, tomé el autobús después de dejarle a mis padres una carta de despedida.  Estaba escrito en un pedazo de papel que había arrancado de un viejo cuaderno abandonado: “Me voy a la ciudad.  Les enviaré mis noticias y mi contribución para la familia.” 

Me senté al lado de la ventana, contemplando la vida pasar mientras el paisaje iba cambiando. A medida que me acercaba a mi destino, los campos, las colinas de césped, la multitud de árboles, los ríos, los arroyos, y los estanques, todos tranquilamente repartidos en el paisaje, se convertían por etapas en edificios y calles, más apiñados. El ambiente se energizaba gradualmente por la procesión de una gente que pasaba en coches, camiones, autobuses y trenes, reemplazando a los animales que recorrían el espacio que el humano no alcanzaba. Como tantos otros que provenían de afuera, abandoné la naturaleza para progresar en la sociedad, convencido de que la metrópoli le daría la bienvenida a mi propósito.

El cielo gris envolvía la selva de concreto y metal que se extendía de un horizonte a otro.  Tomando la carretera, el autobús pasó por el lado de una infinidad de casas de dos o tres pisos, construidas décadas antes con ladrillos marrones y rojos.  Algunos edificios altos y modernos entre aquellos hogares anticuados destacaban la lenta evolución de una ciudad que se desprendía de su vieja piel.  El camino me llevó a través de varios distritos, cada uno con su propia historia y sus propias particularidades. Vi altos apartamentos de al menos quince pisos, además de centros comerciales monumentales que sobresalían desde modestos barrios de minúsculas casas. Observé las complejas redes de autopistas elevadas a muchos pisos del suelo que miles de vehículos congestionaban. Aquellos conductos se entrelazaban y se yuxtaponían para configurar el sistema cardiovascular de la metrópoli, permitiéndole respirar y sobrevivir. El autobús salió de la carretera, recorriendo calles estrechas, saturadas por una población que siempre tenía que irse. Docenas de rascacielos cercanos, cuyas cimas no se veían, encerraban el mundo abajo en una sombra implacable durante la mayoría del día. Corrientes automotoras y peatonales embotellaban los segmentos más ocupados de las cuadras. Trabajadores y estudiantes que compartían la misma ruta y el mismo ritmo frenético, giraban hacia su propio camino, eventualmente tragados por oficinas, tiendas, bancos, y escuelas, donde se quedaban por horas. Solo entonces comprendí cómo estaba ocupada la ciudad. Llegamos a una luz roja, donde observé a un hombre viejo sentado en la acera con dos mochilas, el pelo largo despeinado, y la piel sucia en todas partes. Antes de que la luz verde dejará al autobús reanudar su curso, el viejo me miró intensamente por un rato como si me hubiera reconocido.

Llegué finalmente a la estación de autobuses. Distraído por lo que había sido testigo a través de la ventana, no me había dado cuenta de que, entre los otros pasajeros, algunos emprendían también el mismo peregrinaje. Mujeres, hombres, incluso niños desembarcaron. Llevaban maletas, bolsas y mochilas, en busca de lo que todos los migrantes y habitantes de la ciudad deseaban, una mejora. En mi ingenuidad campesina, el anhelo de ayudar a todos me pasó por un instante, pero tuve que buscar una habitación para mis primeras noches.  Solicité el consejo del conductor, quien me recomendó consultar los periódicos. Compré uno, y sin perder mucho tiempo, encontré una habitación en alquiler al alcance de mis modestos recursos. Por medio de preguntas a la gente local, pude eventualmente determinar que estaba solamente a diez minutos a pie. Me dirigí entonces hacia mi nuevo hogar potencial, una vieja casa dividida en apartamentos.

Una mujer delgada de sesenta años me abrió la puerta. Su expresión cansada y frustrada trataba de ocultar algún pensamiento que no pude adivinar. Vestía una camisa azul y pantalones grises desgastados. Sospeché que no eran originalmente suyos. Con toda la cortesía que podía conjurar, le expliqué que estaba buscando una habitación. Me llevó a una escalera al fondo y abajo de su apartamento donde atravesamos una pequeña sala de estar con un televisor obsoleto, y una pequeña cocina equipada con un fogón anticuado. La escalera conducía solamente hacia abajo, directamente hasta la puerta de la habitación vacante, sin ofrecer ningún espacio entre el último escalón y la entrada. La mujer me abrió aquella puerta, revelando un cuarto en donde casi no cabía la diminuta cama, ni el escritorio o la silla de plástico que le proporcionaban. Una ventana enrejada cerca del techo dejaba entrar la luz, pero la vista era a la calle, y al muro de la casa adyacente.  Tenía que pagar un mes si escogía el cuarto. Su pequeño tamaño me desconcertó, pero decidí comprometerme por un mes, aliviado de haber encontrado en mi primer día una habitación. Puse mis mochilas en el suelo y le pagué.  La mujer aceptó mi dinero y se fue a su cuarto, donde después me di cuenta que casi no salía.

Era de tarde. Me propuse explorar el barrio, y si la oportunidad se presentaba, solicitar un empleo dondequiera. Escanee el paisaje urbano en todas direcciones. Ciertas empresas y tiendas ocupaban varios espacios en casas viejas y edificios modernos. Por casualidad, pasé por un restaurante en el primer piso de un pequeño edificio marrón. Un cartel estaba colgado en su ventana: “Se busca ayudante”. Entré para inquirir en qué consistía el trabajo. Un hombre de al menos veinte años mayor que yo estaba solo, calculando las ganancias del día. Llevaba un delantal blanco con manchas grises y negras. Aunque parecía soler cocinar en el restaurante, su severa expresión y su diligencia al calcular los ingresos me indicó que era el dueño del establecimiento.

—¿Quieres comer? — me preguntó, con la mirada todavía baja.
— Estoy buscando trabajo — le respondí. Ajusté mi postura para presentarme más profesional- Ví su cartel en la ventana.
— ¿Puedes manejar la moto? — me evaluó con su mirada muy seria.
— Sí Señor.
— Buscamos un repartidor con nuestra motocicleta.
— Está bien, Señor. 
— ¿Cuándo puedes empezar?
— Ahora, Señor.
— Mañana entonces. Ven aquí a las diez. — Me ordenó, antes de desaparecer al fondo del restaurante.
— Gracias, Señor.

En regreso a mi habitación, entré en una cafetería y tomé una taza de café con leche y un sándwich de pavita con lechuga. Me tocaba celebrar lo que había logrado en mi primer día. Un domicilio que me acomodaría por un mes, y un trabajo que me apoyaría al inicio de mi aventura era todo lo que hubiera esperado. Satisfecho, volví a mi cuarto y me acosté a las diez y media, esperando con muchas ganas abordar esta primera etapa en la metrópoli.

Recibí mi primer cheque de pago dos semanas después. De martes a domingo, de las diez de la mañana hasta las ocho de la noche, entregaba pedidos a clientes con la motocicleta de mi jefe, cuyo motor rugía como si estuviera luchando por su vida. Durante los períodos más ocupados del almuerzo y de la cena, había que correr para entregar la comida y volver lo más pronto posible al restaurante. Cada vez que llegaba, el dueño del restaurante me acusaba de manejar demasiado lento en el camino de regreso. Por consecuencia, me esforcé a acelerar, a veces ultrapassando las luces que ya se habían vuelto rojas.  Las bocinas furiosas de los coches señalaban mi audacia, pero mi imprudencia era necesaria para evitar la ira de mi jefe. A pesar de esos esfuerzos peligrosos, cuando recibí el dinero por las dos primeras semanas de trabajo, mi salario no cubría la suma de mi alquiler y mi comida. Un cálculo sencillo reveló que aquellas ganancias combinadas con todo el dinero que había ahorrado y llevado de mi pueblito me concedería alrededor de tres meses de oxígeno. Fui a dar un paseo de una hora, sin saber a dónde dirigirme. Además de cocinar más a menudo con el fin de evitar demasiados gastos, me tenía que buscar un trabajo adicional. En la noche, volví a casa con la mirada baja, pensando cómo sería posible cerrar la brecha con mis pocas horas disponibles. Me acosté sin respuesta, esperando que mis sueños revelaran la solución. Lo que me despertó a media noche no fue cualquier idea que me salvaría de mi dilema, sino gritos de la casa frente a mi ventana. Un hombre y una mujer se disputaron.  Pasaron dos horas antes de que pudiera dormirme de nuevo, a despecho de los gritos violentos que siguieron molestando.  Invadieron mis propios sueños por el resto de la noche, además de muchas noches siguientes.

Pocos días después, empecé a trabajar como asistente en una gasolinera los miércoles y sábados, de las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana. Este rol adicional me privaba de mucho sueño dos veces a la semana, sin embargo los ingresos que sumaba me liberaron de mis preocupaciones financieras. Ya que estaba en circunstancias aceptables por el momento, escribí una carta a mis padres para ponerles al día. En el sobre, metí el equivalente de dos semanas de ingresos. Los dejaría tranquilos, pensé. No les mencioné que mis dos posiciones me costaron el resto; mi energía, mi tiempo libre, y cualquier oportunidad para hacer nuevos amigos. Las noches solemnes en la gasolinera a lo largo de las semanas empezaron a desvanecer lo que había previamente esperado de mi trayecto. Sentado solo, la luz fosforescente reflejando el interior como si las ventanas fueran espejos, contemplaba lo que había presenciado durante mis excursiones en motocicleta. Aquel trabajo me había llevado a distritos donde la basura decoraba la acera, y donde muchos sin hogares ocupaban los rincones más cómodos con el fin de refugiarse del viento.  Faltaban el ritmo apresurado de los trabajadores que los ignoraban al pasar. No tenían ninguna idea de lo que los había llevado ahí, pero no veía en ellos ninguna motivación de progresar, como si el destino los hubiera encarcelado a la perpetuidad de la calle. Yo cruzaba también por algunos barrios donde la gente estresada caminaba hacia las estaciones de autobús y metro, llevando trajes y maletines, viviendo su propio encarcelamiento de rutina diaria, y tratando de salir de su punto de partida. De vez en cuando, pasaba también por barrios modernos, donde familias jóvenes y parejas de todas las edades salían de sus enormes casas para tomar sus coches nuevos. En apariencia, eran felices, siempre sonriendo el uno al otro, con una interacción tan cortés como agradable. No comprendía cómo era posible que esta gente, incluyendo muchos jóvenes, pudiera enriquecerse tan rápidamente en aquel lugar. Sus posesiones se volvieron en los objetos de nuestros sueños.  Representaban lo que deseábamos, pero nos recordaban lo que no pudimos cumplir. La mayoría de nosotros estábamos luchando por nuestro progreso, a pesar de siempre estar corriendo en el mismo lugar. Todo era una ilusión. Una enorme población, incontables edificios apilados de tiendas, restaurantes, barras, empresas y domicilios, calles interminables que cruzaban con avenidas infinitas, luces que nunca paraban de brillar, y cacofonías que nunca paraban de disonar. La metrópoli era un organismo monstruoso, yo lo constaté, criada por el ser humano cuya ambición la hacía crecer, pero cuya codicia la hacía mutar. La congestión de sus arterias y la contaminación de sus pulmones afectaban su salud, y nadie podía reversarlo. Al entrar en sus límites, ya sea por un día o por una vida entera, estábamos absorbidos en su contextura, perteneciendole, participando en una reconstitución que nadie podía controlar.  Reflexionaba sobre la línea de tiempo de mi propio propósito en aquel entorno caótico.  Un cuarto más grande, un salario más adecuado, una vida real.  Nada se mostraba a mi alcance.  ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para dar el primer paso? Resolví seguir trabajando duro, con total convicción. Tarde o temprano, mejores oportunidades se presentarían me convencí.

A lo largo de las semanas siguientes, me correspondí dos o tres veces con mis padres. Mi mamá quién me escribió en su nombre y en el nombre de mi papá me contó que todo iba bien en casa, y que me extrañaban mucho. Se arrepentía de haber ignorado mis preocupaciones por culpa de su lucha cotidiana en casa. Esperaba que pudiera comprenderla un día, de la misma manera que ella comprendía mi decisión de mudarme de repente. Le respondí que todo los esfuerzos que estaba haciendo en la ciudad, y todo el futuro que estaba planificando era para la familia, que pudiésemos un día vivir sin luchar, y respirar sin jadear. Aquella correspondencia había engendrado una comprensión mutua que jamás había existido entre nosotros.  No sabía si la ausencia develaba algo de real o no, pero me sentí por primera vez unido con ellos a pesar de nuestra distancia. Les envié una nueva carta con más dinero que antes, queriendo animarme con un poco de presión, lo suficiente para mantener una pequeña hambre.  Volviendo a casa de la oficina de correos, ví las luces azotadas de dos coches de policía y una ambulancia frente a la casa adyacente.  Percibí una persona acostada en una camilla con tres cinturónes negros que la contenían.  Una manta blanca cubría su cuerpo entero y su cara, como si hubiera envuelto una momia. Mientras dos paramédicos la metían en la ambulancia, un oficial llevó a un hombre esposado en un coche de policía. Aquella noche, concilié el sueño. 

La monotonía de mi rutina se prolongaba al correr de unos meses, pero gracias a la adrenalina que me proporcionaba el ritmo de la ciudad, sin mencionar mi hambre, soportaba todavía mi trabajo.  Poco a poco, los ahorros aumentaban mientras los gastos seguían siendo los mismos. El cansancio marcado que se acumulaba desde mi llegada valía al fin la pena, una esperanza palpable del progreso llegó, algo concreto que en poco tiempo me ofrecería un escape de mi minúsculo cuarto. La metrópoli sin embargo tenía otras ideas, y como un virus que su sistema inmunitario intentaba expulsar, me atacó bruscamente una mañana. Atravesaba de prisa una intersección durante la luz roja, cuando un taxi golpeó mi moto del lado derecho. El choque me arrojó al suelo con la tibia derecha y tres costillas rotas. En el medio de la calle, languidecí en dolor bajo la mirada de peatones sin rostro por una media hora antes de la llegada de la ambulancia. Y después de llegar al hospital, los anticuerpos de la metrópoli se manifestaron de nuevo, siguieron atacando mi billetera. Había que pagar los costos de la llevada en ambulancia además de tres días en el hospital, ya que no tenía ningún seguro médico. El dueño del restaurante también no se puso caritativo con mi desgracia, obligándome a pagar el costo de reparación de su motocicleta. Tal era su predisposición poco escrupulosa, que nunca le había importado comprar el seguro.  Aquel golpe financiero me robó todo; tanto lo que había ahorrado para mi llegada como el resto que había ganado durante los últimos seis meses. Salí del hospital para cumplir un mandato indefinido en mi cuarto, la pierna enyesada, los pasos apoyados por dos muletas, y la mente preocupada por la incertidumbre de mi futuro.

Mientras esperaba con temor el fin del mes, durante el que la dueña del apartamento saldría de su cuarto para pedirme el dinero que ya yo no tenía, examinaba mis opciones limitadas. Tal vez me daría la oportunidad de pagarle uno o dos meses en mora, sino habría que aceptar mi fracaso y regresar a mi pueblito. A despecho de todo lo que reflexionaba por aquellos días de recuperación en mi cuarto, no veía otras alternativas. Estaba verdaderamente atascado entre dos escenarios tan desfavorables que consideré escribirle a mis padres para solicitarles un poco de apoyo financiero. Pero no, me dije, suplicar la ayuda a los que quieres ayudar no es la solución. Traté entonces de contemplar la situación a largo plazo. Si volviera a casa para escapar de la deuda de la motocicleta, y además ahorrar más dinero en unos pocos meses, podría por lo tanto reanudar mis planes en la metrópoli en otro lugar. Había tantos barrios a escoger, que la ira del dueño del restaurante no me alcanzaría. La solución se volvió más clara.  Poco después, como si se hubiera dado cuenta de lo que pasó, recibí una carta de mi madre una tarde muy lluviosa. Ella me expresó que siempre sería bienvenido a volver a casa, y que siempre recibiría todo el apoyo que quisiera de ellos. Suspiré de alivio, y me acosté en la cama para tomar una siesta.

Sonidos de corrientes monstruosos me despertaron poco después.  Abrí mis ojos y vi un muro de agua afuera con su línea de flotación arriba del alféizar de mi ventana.  Asustado, presté atención a un chorrito de agua que se intensificó desde abajo de la puerta de mi cuarto.  El piso ya estaba inundado de agua, gris y marrón oscuro por haber arrastrado el desperdicio de la ciudad.  Me levanté de prisa, tratando de huir por medio de la puerta, pero a fuerza de abrirla un torrente surgió bruscamente y me aplastó contra el muro opuesto. Tal era su fuerza que me convencí de haberme roto de nuevo la pierna. Jadeando de miedo y dolor, me apoyé contra el muro para levantarme otra vez, cuando un choque ensordecedor me asustó, seguido por un diluvio violento encima de mi. Un objeto desconocido arrastrado por las aguas de la tormenta había roto el cristal de la ventana. En solo unos segundos, el nivel del agua en mi cuarto subió hasta mi cintura, y segundos después, hasta mi pecho. Intenté en vano nadar hacia la puerta, pero las corrientes que me empujaban en todas direcciones me mantuvieron en el centro de mi habitación. El nivel ya estaba subiendo rápidamente hacia el techo. No tenía tiempo para pensar, salvo por una sola emoción que emergió mientras el espacio entre la línea de flotación y el techo disminuía: no hay nada más solitario que vivir en una ciudad solo.  Tomé un último aliento, y el agua eternizó el fracaso que yo compartía con millones de otros habitantes en las entrañas de la metrópoli.

Daniel Sumarto, Enero 2026

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