La ví algunas veces cuando yo era pequeño. A pesar de no recordar todos los detalles de mis visitas, no presencié ningún síntoma en ella. Durante aquellos pocos días de mi primera estancia ahí, vadeaba con mis padres y mi hermano en las dulces aguas de la playa de Kuta hasta el atardecer, momento en el que el sol se hundió bajo la línea del océano al horizonte con un movimiento visible a simple vista. La baja marea revelaba la arena por casi cuarenta metros más allá del alcance de las olas, permitiéndonos disfrutar de un camino plano que se extendía de un extremo al otro de la playa. Ciertos locales balineses la rodeaban en busca de clientes potenciales: turistas a quienes les gustaría artículos de recuerdos hechos de bambú o madera, tal vez proviniendo de la modesta fila de pequeñas tiendas en la calle principal al lado de la playa. El precio era casi gratis y me dejaba cuestionar cómo sobrevivían los vendedores. Cuando la visité durante estos viajes, me parecía contenta. Le pregunté si tenía sueños para su futuro, y solo después de muchos años caí en la cuenta de que en realidad me estaba preguntando eso a mi mismo. Ella me contestó a su propia manera que sus únicos sueños se manifestaban por la noche, y que durante el día no daba por sentado la armonía que había finalmente conseguido en su vida.
A veces el tiempo le juega malas pasadas a mi memoria. No recuerdo mi edad exacta durante nuestras siguientes visitas durante el resto de los noventas, ni siquiera cuántas veces la visité. Aún así, era claro que las primeras señales de su enfermedad se desvelaban gradualmente, mientras yo dejaba poco a poco mi infancia y daba la bienvenida a mi adolescencia. Hubo un cambio sútil en su disposición, pero nada inquietante. Sin embargo, me sentí apresurado para dirigirme a ella con indiscreción y preguntarla si se sentía todavía en armonía. A su manera, me dijo que sí, claro, que no hubo nada que le hubiese afectado. Le creía. Nos acompañó durante todos nuestros viajes siguientes en la isla. En estos tiempos, pasábamos por la playa de Kuta, disfrutando de la belleza del atardecer, espectacular como siempre. Los momentos fugaces del ocre de la arena y la rosa del sol revelaban una playa más llena que antes. Turistas dominaban la escena en números que estimaba se habían doblado en pocos años, tal como las sombrillas de las tiendas de playa que estaban siguiendo multiplicándose. Sin dar espacio, se alineaban contra el muro que separaba la playa de la calle principal. Cuando explorábamos los pueblos cercanos de Legian y Seminyak, solo ahí retrocedimos la tranquilidad de mis primeras visitas. Más al norte, tomábamos un auto por el templo de Tanah Lot, construido sobre una formación rocosa que la alta marea separaba de la tierra. Después, nos relajábamos por un rato en un restaurante al aire libre al lado de la playa de Canggu, donde las calles vacías cruzaban una serie de arrozales. Pasábamos por el pueblito de Ubud en el interior de la isla, conocido por las interacciones traviesas de monos en la selva y la tranquilidad de su paisaje aislado. Estábamos cerca de terrazas de arroz perteneciente a un siglo anterior. Íbamos también al sur de la isla, al lado de un acantilado rocoso ofreciendo un panorama inolvidable del atardecer, donde veíamos una actuación de cantos y bailes contando el antiguo cuento de Ramayana. Visitábamos la costa este para captar el amanecer, y por eso teníamos que tomar el auto a las cuatro y media. Dondequiera que estábamos, atravesábamos algunos pueblitos balineses con habitantes balineses y negocios balineses. A parte de Kuta, todo parecía pertenecer a la isla; playas, selvas, terrazas de arroz, y volcanes que por los momentos preciosos de nuestra visita borraban recuerdos de la vida cotidiana en casa. En el aeropuerto de Denpasar donde esperábamos al vuelo de regreso, nos despedimos con nuestra compañera de viaje por tercera o cuarta vez; la local que nos había ofrecido su hospitalidad y su amistad. Ví en su mirada una preocupación, como si algo oscuro que todavía no llegó la estuviera esperando.
La frecuencia de mis visitas en los noventas en Indonesia fue súbitamente interrumpida por ninguna razón concreta. Cuando partimos de un lugar, el paso del tiempo parece detenerse. Así que mientras me ocupaba en mi vida afuera, los destinos que he visitado en el pasado cesaron de vivir, volviéndose fotografías estáticas y heladas. Encontré a la anciana amiga de mi padre después de diez años, ya envejecida por un tiempo ya más envejecida de lo que debería estar. La claridad de su voz, olas y cascadas puras de palabras que nos habían encantado antes, fue reemplazada por un tono extenuado y alborotado por una irritación constante. Intenté disimular mi consternación al ver su piel, antes tan tersa como clara, pero ahora cubierta de presuntas lesiones sucias que nadie pudo ignorar. Su cabello adelgazado que no mostraba más aquella selva espesa de mechones de un pasado distante me hizo ocultar mi suspiro.
-¿Qué pasó? -Me atreví a inquirir.
Era de tarde, y estaba sentado al lado de la calle principal de Legian, tomando un jugo de aguacate. Ella no me contestó, pero observándola con atención, comprendí que hubo cambios dramáticos más allá de los síntomas visibles. Horas antes, habíamos llegado al aeropuerto, y luego atravesamos una parte de la ciudad de Denpasar y el pueblo de Kuta, donde penetramos una estruendosa selva de concreto. Recuerdo el gris muy sucio en muchas partes. Numerosos turistas entraban y salían de tienda tras tienda que alineaban las calles y avenidas. Eran casi apiladas las unas sobre las otras, llenando cualquier vacío físico disponible. Muchos vendían los mismos recuerdos de bambú o madera, además de varias pinturas del atardecer de la playa de Kuta o terrazas de arroz del interior de la isla. Los nuevos edificios de concreto, y las olas humanas que habían invadido las calles estrechas en el labirinto de negocios apilados estaban fuera del lienzo. Girando mi mirada, observé frente a los negocios filas interminables de motocicletas estacionadas que rodeaban cubos de basura desbordantes, ocupando una gran parte de la calle. Y al otro lado del muro, la playa, antes un lugar de desaparición total de la civilización, ahora sitio de transacciones interminables entre locales y extranjeros.
Ella no me contestó. Entonces, no me arriesgué a seguir preguntando, ni a mencionarle que casi no la reconocía. Cabe suponer que era una infección gradual que había durado décadas. Algo que ella negaba con la ingenua esperanza que se arreglaría un día sin intervención. Era evidente que cuerpos extraños condujeron a un cambio fundamental en la constitución de sus células. Una metástasis se propagaba más allá del punto inicial de la infección, amenazando otras partes de su cuerpo con el mismo destino de transformación tóxica.
Era mi padre quien me la había presentado durante mi primer viaje a Indonesia. Fuimos a Jakarta, Yogyakarta, y por supuesto, Bali. Cuando era joven, mi padre que era originario de la isla de Java, se había entregado un día a buscar oportunidades en la industria de turismo en Bali. Constituía la isla más conocida por los turistas, y ocasionalmente malentendida como un país independiente. Mi padre tenía poco más de veinte años cuando se mudó allí para trabajar como cocinero, barman, incluso comprador de suministros en algunos restaurantes acerca de la playa. No tenía ningúna ambición a parte de acumular un poco de experiencia de vida. Entonces, cuando volvió a Yogyakarta después de dos años, una de sus hermanas lo recogió en el aeropuerto, y se llenó de lágrimas repentinamente al ver la única posesión de su hermano: una bolsa de plástico en la mano. Mi padre me contó cómo durante sus días en Bali, tenía que aprender una parte funcional del dialecto local, que era muy diferente del idioma Indonesio o de su propio dialecto Javanese. Vivía en un hogar con una pequeña comunidad local donde compartía varias responsabilidades cotidianas como si fuera uno de ellos. Ahí la encontró, y en poco tiempo se cayeron bien como si fueran viejos amigos desde la infancia. Al correr de sus dos años en la isla, mi padre la veía siempre serena y feliz.
Muchos años después, me enteré de la noticia extraña de que ella se estaba sintiendo mejor que en las últimas dos décadas. Estábamos en plena pandemia. No tenía mucha información sobre ella debido a la larga distancia y el aislamiento impuesto a todos. Hasta donde sabía, sus pulmones se aclararon y su piel se rejuveneció. Hubiera presumido que el vaivén de la gente ya disminuida en la isla le regaló una tranquilidad muy bienvenida. Mi prima que vivía ahí nos informó en efecto que las calles normalmente llenas de turistas en muchos lugares se quedaban vacías como si la isla fuera borrada del mapamundi. Una isla que se había convertido en un destino casi totalmente dependiente del turismo retrocedió en el tiempo hasta una época antes del colonialismo en todos los sentidos. En aquellas condiciones sin precedentes, dos años de silencio le bastaba a nuestra amiga la esperanza de una recuperación, o si no la mera indicación de una mejora.
Solo cuando el impacto del virus que había infectado a tantos se estabilizó, volví a Bali como muchos otros. Tomando la motocicleta que mi prima me prestaba, exploraba el extremo sur de la isla, pasando por algunos pueblitos y playas. Observaba la afluencia de miles de extranjeros además de muchos negocios erigidos para que satisficiera a su demanda siempre creciente. Restaurantes ofrecían platos de frutas con yogur y cereal para los fanáticos de yoga que veían en Bali su telón de fondo de posturas y movimientos de bienestar. Tiendas vendiendo trajes de baño y ropa de surf ocupaban el lado de las calles, y se expandieron más y más profundo en la selva. En poco tiempo, el umbral de la muchedumbre avanzaba, acelerado por dispositivos electrónicos en la mano de ellos que vanagloriaban sus propias aventuras.
Un día, mi prima y su esposo me llevaron a Ubud y Canggu. Ubud, antes el destino de tranquilidad de Bali, se había convertido en una congestión urbana de carros estacionados al lado de calles estrechas por kilómetros. Canggu, previamente un respiro de la congestión de Kuta, había superado la popularidad de su rival con una sobresaturación de extranjeros jóvenes en caza del placer. En camino al epicentro del hedonismo, filas indias de vehículos embotellados estaban yuxtapuestas con arrozales a su lado, donde agricultores retrocedían al borde de sus terrenos fingían ignorar la cacofonía de motores y bocinas a solo unos metros de distancia. Un día, mi prima me llevó en medio de la selva Balinese donde pasamos por una cascada escondida que rebotaba contra un muro de rocas. Y tal como las pinturas de paisajes serenos de la isla cuyo lienzo no muestra edificios comerciales apilados, embotellamientos de motocicletas, o olas de turistas llenando las calles, las fotos publicadas en línea de individuos haciendo una postura ensayada frente a la cascada nunca encapsulará la larga cola de personas detrás que esperaban su turno por más de una media hora.
Cuando la visité, suponía que sus venas y arterias se bloqueaban gradualmente, y me cuestionaba cómo todavía lograba respirar. En realidad, no estaba sorprendido, porque años antes, durante la época en la que había vivido en Jakarta por un año y medio, viajé unas veces a Bali y me di cuenta de que su malestar ya era irreversible. Todos los que la conocían la saludaban sin preocuparse del deterioro de su estado.
Solo cuando fui a la cima del volcán Agung cuya elevación supera todos otros puntos de la isla, la observé fuera de los síntomas de su declive, como si el aire fresco y la distancia de la invasión turística la sanara por un rato. Empecé mi subida acompañado por ella y un guía local, en un punto de partida donde las calles no podían seguir esculpiendo su rastro en el terreno empinado. Era plena noche, alrededor de las once. Luché contra el agotamiento de subir por casi siete horas en la oscuridad de la selva espesa, que poco a poco se convirtió en una fachada volcánica de rocas y barro, y de tierra áspera. Llegamos a la cima una media hora antes del amanecer, donde nos redujo a hormigas el vasto terreno aislado del gigantesco volcán. Desde mi perspectiva a más de tres mil metros de altura, ví un paisaje decididamente salvaje en cualquier dirección, salvo por las únicas indicaciones de la modernidad: miles de luces abajo en la distancia. Ellas desvanecieron con el amanecer, momento en el que el sol subió por encima de la línea de nubes al horizonte con un movimiento visible a simple vista. Solo al recorrer mis memorias podía ver el cambio de tres décadas en la isla de Bali.
-Te veo ahora mismo como si no estuviera enferma, -le dije. -Mejor sería que te dejemos en paz por siempre.
Luego bajamos el volcán, y a medida que mi guía y yo avanzábamos hacia la civilización, ella se desvaneció gradualmente en la rocosa ladera.
Daniel Sumarto, Noviembre 2026
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