Viaje en el tiempo
Era la tarde de un día de la semana que ahora no puedo recordar, estaba deambulando en una playa vacía disfrutando de mis vacaciones en el extranjero. La suave arena blanca, cuyo calor reconfortante acariciaba el bajo de mis pies con cada paso, me guiaba hacía el este, al lado del océano que a veces sumergía mi camino hasta los tobillos antes de retirarse y revelar mis huellas medio hundidas, como si estuviera borrando mi pasado. En aquel día, no tenía ningún plan. Reflexionaba sobre el gran dilema de dónde andar. En la distancia a mi frente, un acantilado rocoso que se elevaba de modo significativo del nivel del mar estaba escondiendo la extremidad de la ancha playa que lo envolvía hacía lo desconocido. Decidí entonces ir al pie de la fachada roqueña, y seguir explorando lo que ofrecería en su lado oculto. Me tocó caminar por un largo rato bajo el sol brillante. Cuando llegué finalmente al fondo del acantilado, caí en la cuenta de que se formaba un pasaje entre su pie y el mar, pero las olas lo sumergían con una profundidad inconsistente, obligándome a adelantarme con mucho cuidado. Gradualmente, una segunda playa apareció al otro lado. En mi audacia, me hubiera bastado quedarme de pie en aquel lugar único; el agua llegando a mis rodillos, admirando el entorno aislado entre la comodidad de ambas playas y la amenaza del océano masivo que me hubiera machacado violentamente contra la fachada rocosa en la alta marea. Sin embargo, mi insaciable sentido de exploración siguió, llamándome y llevándome a la nueva playa que solo recompensaba a los que se atreverían a enfrentar el espacio precario donde se encontraban el muro rocoso y el mar.
Al llegar a la segunda playa, pude ver un objeto oscuro e indistinguible en el horizonte. Estaba colocado entre dos corrientes de agua cruzadas que fluían de la selva al océano, hendiendo la suave topografía de arena blanca. Amarrado por la curiosidad, me dirigí hacía la forma misteriosa. A medida que consolidaba mi distancia, empezaba a percibir los contornos de una carpa púrpura. Miré a mi alrededor. Salvo por la carpa, ningún rastro de civilización existía en aquel lugar desierto que hubiera podido constituir la escena de desembarcación de los primeros Europeos en las Américas. Tuve que atravesar una de las dos corrientes, y aproveché de bañar mis pies en el agua poco profunda que el sol había calentado. Alguien debió sentir mi presencia, porque surgió de la carpa una pequeña figura. Era una mujer de setenta años de edad. Llevaba un vestido escarlata de otra época que provenía de un país lejano desconocido. La piel de su cara curtida delataba décadas de una vida tumultuosa. Arrugas de inquietud entre las cejas eran compensadas por líneas marcadas de risas alrededor de sus penetrantes ojos marrones. Su postura erguida y su fuerte disposición sin vestigio de vacilación presentaba un ser humano con una sabiduría honda de la humanidad.
La dama me miró por un momento antes de darme la bienvenida con un sonreír tan amigable como caluroso, que solo una abuela lanza a su nieto. Abordó la palabra con un léxico anticuado de la misma era que su ropa. A pesar de no estar acostumbrado a escuchar un vernáculo de unos cientos de años, era capaz de descifrar una parte de lo que me estaba contando. La mujer se llamaba Aura. Estaba esperando a cualquier persona que estuviera interesada en probar su máquina dentro de la carpa: un dispositivo antiguo que según lo que me estaba relatando con total convicción, permitiría el viaje en el tiempo. Al observar su mirada, era evidente que podía leer mi expresión tan incrédula como intrigada. Yo no podía determinar si me estaba acostumbrando a sus expresiones arcaicas, o si fue ella que estaba ajustando su jerga basado en mis reacciones. Sin embargo, la niebla de su vocabulario críptico se disipó en pocas frases para desvelar un idioma idéntico al mío.
—Mi máquina le permitirá viajar en el pasado, si me regala un poco de su dinero.
Aura me solicitó un monto que ni siquiera bastaba para comprar una comida ligera en esta región. Por pura curiosidad, lo acepté a despecho de no creerle en absoluto.
—Vale —me dijo con mi dinero en su mano—, entremos aquí.
La tela oscura creaba un ambiente fresco y solitario al interior. Dos sillas de madera estaban metidas cara a cara en el centro de la carpa, y entre ellos, una caja negra cubierta de ornamentos dorados de un estilo que no pude adivinar. Aura me señaló sentarme en una silla, mientras se instaló en la otra. Inclinándose hacía la caja, la abrió, y con ambas manos sacó un cubo argento. El objeto era más pequeño que un pomelo, pero parecía muy pesado en su agarre. Me lo entregó.
—Está máquina proviene de un reino que ya no existe hace más de dos mil años. Había cambiado de manos al correr de los siglos, a través de numerosas guerras, revueltas, revoluciones, expediciones, desastres naturales, catástrofes económicas, reformas sociales, sin que nadie se diera cuenta de su verdadero poder. Solo cuando llegó en la posesión de mis tatarabuelos, sus extraordinarias propiedades fueron descubiertas. Si quiere recorrer el pasado, primero hay que tocar la superficie de esta máquina.
Aura se inclinó en mi dirección, hablándome a baja voz.
—Ahora, le pido cerrar los ojos y relajarse. Respire al ritmo que le convenga. Vamos a esperar un ratito antes de empezar.
En aquel momento preciso, mis sospechas se dispararon. Quería realmente creer en el poder del cubo en mis manos, y traté entonces de prestar toda mi atención a los órdenes de Aura para experimentar un viaje al pasado.
—Necesita ahora enfocarse en recuerdos de su propio pasado, que le permitan liberar su mente de todas las preocupaciones recientes. Entonces, le pido que piense en un tiempo de su infancia, una primera vivencia que no haya recordado en muchos años.
Aura intuía que tenía mucha dificultad para acordarme de cualquier momento inaugural de mi niñez. Trató de desencadenar ciertos recuerdos enterrados.
—¿Recuerde la primera vez que fue a la escuela? —Me preguntó.
—La primera vez que tomé un avión.
—Vale, cuénteme su experiencia. Regáleme todos los detalles que pueda conjurar de su memoria.
Con los ojos cerrados y la respiración relajada, seguí relatando lo que pude recordar del momento en que mis padres me llevaron a abordar un avión para un destino que se me olvidó hasta ahora. Ilustraba a Aura mi confusión inicial de ser guiado de la mano por mi mamá en un gigantesco y extraño edificio, lleno de personas que siempre se apresuraban en cada dirección, dondé escuchaba a menudo una mujer invisible que hablaba en alta voz. Mi papás llevaban maletas con ruedas, cuyos lisos deslizamientos por el suelo no paraban de fascinarme. Hicimos la cola por una eternidad con otras personas que llevaban sus propias maletas, bolsas, y paquetes de varios tamaños y colores. Algunos de ellos estaban en carretillas que eran empujadas por los adultos mientras que los niños las montaban. Y cuando llegamos al frente de la cola, mis papás pusieron sus maletas en una plataforma, donde de repente se empezaron a mover por sí mismas, y desaparecieron. Recordaba todavía haberles preguntado qué había pasado con ellas. Mi mamá me aseguró que las veríamos cuando llegáramos a nuestro destino. Mi confusión siguió cuando fuimos a hacer una nueva cola, donde mis papás pusieron sus bolsos en otra plataforma que los llevó hasta una caja cuya apertura era decorada con cortinas negras. Tuvimos que atravesar un arco, uno por uno, aunque acompañé a mi papá cuando era su turno. Un hombre muy alto al lado opuesto del arco le dió a mi papá la bienvenida, tocando sus piernas, su torso, y sus brazos que mi papá extendía hacia los lados. Después de recoger los bolsos, fuimos a una sala dondé nos sentamos con mucha gente por otra eternidad. Cuando una dama detrás de una encimera llamó a la gente, sentí la energía de la sala aumentar, y fuimos a hacer otra cola más, entrando en un angosto corredor, con su piso inclinado. Llegamos a una habitación apiñada de asientos encarados en la misma dirección, colocadas en filas distintas que nos ofrecían un pasillo muy estrecho. Los asientos se elevaban mucho sobre mí cabeza cuando tomamos aquel pasillo para buscar a los nuestros. Finalmente, me senté al lado de una ventana. Vi afuera algunas personas vestidas con vibrantes colores, corriendo de un lado al otro, máquinas estupendas, gigantescas, extrañas, que mi mamá explicó eran aviones. Comprendí entonces en aquel instante que estábamos sentados en una tal máquina que nos llevarían a algún lugar. Mi mamá me abrochó mi cinturón de seguridad, como siempre lo hacía en el coche. Luego, nuestro avión empezó a moverse, y después de unos minutos, escuché un ruido muy raro que se volvió más y más fuerte, mientras sentía una presión invisible que me empujó en mi asiento. Aquella sensación novedosa me dejó sin aliento, con una combinación de maravilla y miedo. Mirando a la ventana, caí en la cuenta de que por pura magia, estábamos dejando el suelo. Estábamos volando.
—Ahora, vuelva al presente, y abra los ojos — Le obedecí.
—Cuéntame —continúo ella—, ¿cómo fue su viaje en el tiempo?
Entendí finalmente el truco, y no pude resistir sonreir.
—Muy bien, fantástico. Valió el precio que le pagué.
Aura sonrió. Yo sabía que en su inteligencia evidente, ella se había dado cuenta que ya había reconocido su astucia, y que en aquel momento estábamos jugando su juego.
—¿Puede llevarme al futuro?, le pregunté.
—Por supuesto, de la misma manera que fue en el pasado. El futuro está también disponible para explorar.
—Pero si voy a viajar en el futuro, ¿cómo puedo asegurarme que es la versión definitiva que tendrá lugar? — Le cuestioné.
—El futuro todavía no existe, ya sea determinado o no.
—¿Es decir que el futuro se puede cambiar de antemano, que no está escrito?
Aura me observaba con una mirada contenta. Si no me equivoco, había también algún rastro de orgullo, como si hubiese previsto desde nuestro encuentro llegar a este punto de la conversación.
—Eso es una pregunta que tiene que hacerse a sí mismo. Imagine que cuando la humanidad descubrió que el sol no rotaba alrededor de la tierra, sino al contrario, y que el fenómeno de las jornadas es determinado por nuestro planeta que está girando sobre su eje, algunos hombres creyeron que el viaje en el futuro estaba a su alcance. Ya que era solamente una cuestión de moverse en el lugar correcto del planeta con el fin de encontrar el sol, trataron de cazarlo a caballo, conjeturando que perseguir la mañana los llevaría al porvenir.
Seguí mirando a Aura fijamente, esperando el resto de sus palabras.
—A pesar de todos sus esfuerzos, no lo lograron. Tenían solamente que considerar que la rotación de la tierra los habría llevado al día siguiente sin hacer nada. Independientemente de nuestros planes, nuestros sueños, nuestras esperanzas, el porvenir siempre toca la puerta del presente.
Me quedé pensativo. Había todavía algo que no podía concretar exactamente, pero que me siguió atormentando.
—El viaje en el tiempo puede ser útil, incluso importante, ¿no es verdad?
—Claro que sí —me respondió—. A veces útil, a veces importante, pero siempre al costo del presente.
Abrí mis ojos, acostado en la playa entre las dos corrientes. Ya era el atardecer. Me levanté, un poco sonámbulo, y miré a mi alrededor. Aura, su carpa púrpura con las dos sillas de madera, la caja negra con sus ornamentos dorados, y el cubo argento con su pretensión de iniciar el viaje en el tiempo, se fueron. No había ningún rastro de la mujer ni de sus pertenencias en la arena blanca, a modo de que sus setentas años de edad, su palpable lucidez y su notable sabiduría no hubiese existido. Revisando mis bolsillos, pude confirmar que el dinero regalado a la mujer no estaba. Decidí retrasar mis pasos hacia la playa original antes de la llegada de la marea alta. Caminaba entonces al oeste, a veces mirando hacia atrás para confirmar si no había imaginado la desaparición de Aura, pero ella no estaba. El agua que sumergía el pasaje entre ambas playas y el acantilado rocoso no había cambiado de profundidad. Lo crucé rápidamente antes de llegar a la primera playa, donde podía ver el sol con sus vibrantes tonos anaranjados por encima del horizonte del mar. El cielo emanaba un gradiente de tintura amarilla y roja, mientras algunas nubes dispersas arriba reflejaban la luz del astro con toques de rosa. Aquel espectáculo no duraría mucho tiempo. Por lo tanto, me asenté en la arena para absorber la escena en toda su brevedad.
Así que estoy aquí, sentado en la playa, deleitándome con el atardecer, con el sol que solo está quemando, cuya luz el cielo solo está difundiendo, con las nubes que solo están flotando, con el agua cuyas corrientes y olas solo están fluyendo, todos sin pasado ni futuro, y por consecuencia, sin tiempo.
Daniel Sumarto, Enero 2026
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